Odio la Navidad.

Odio tanta alegría desmedida de gente que no es alegre y odia el resto del año. Odio el negocio creado alrededor de una fiesta que se ha convertido en un negocio que rentabiliza las sonrisas más inocentes de los niños.




Además, por mi trabajo, empiezo a pensar en la navidad en verano, momento en el que empezamos a planificar cómo serán las acciones de estas fechas tan especiales para todos menos para mí. Pensar en renos y papás noeles con los 40 grados a la sombra de julio no anima a volver a creer en el espíritu navideño.

Cuando me preguntan el porqué no me gustan las fiestas tengo claro el motivo. Es evidente. No tengo 6 años y ya no están ni estarán conmigo muchas de las personas que me hacían ser feliz en Navidad. Y me pongo algo triste porque aunque no vivan, sí que se mantienen todo lo que eran. Sé dónde se sentarían, las frases, chascarrillos y gracias que harían en cada momento. Es una forma de revivirlo y echarles de menos pero preferiría abrazarles, para qué engañarnos.

Pero antes no era así. De pequeñajo, disfrutaba de estas fechas porque eran fechas en las que me reunía con las familias y dormía con mis abuelos. Aún recuerdo cómo me engañaban el 24 para ir a algún lado justo en el momento en el que venía Papá Noel a comerse unas galletas antes de ir a otras casas a llevar más regalos. El verdadero presente no era abrir el juguete de turno. El verdadero regalo era ver los ojos de mis abuelos viendo mi sorpresa y alegría. Son sentimientos que hasta que no eres padre no logras entender en su totalidad. Supongo que la Navidad también tiene algo de empatía con las generaciones anteriores, que no todo es malo.

Pero reconozco que yo era más de Reyes Magos, sobre todo porque tenía un tío que se llamaba Melchor, y al final la cabra tira al monte. Esa noche era especial sobre todo el momento de irse a la cama. Los nervios impedían dormir, aunque al final el sueño derrotaba a la ansiedad. Abrir los ojos y salir al salón de noche buscando en penumbra la silueta de los regalos es otro de los flashes que no han envejecido en mis recuerdos. Como tampoco despertar a mis padres para decirles que “habían llegado los Reyes”. Daba igual que fueran las 4 de la mañana cuando les avisaba de la noticia, a ellos les hacía más ilusión que a mí porque se verdadera ilusión era la mía o la de mi hermana.

Ahora ya hemos cambiado los papeles. Yo ocupo el papel de padre y mis padres el de abuelos. El beneficiado es mi hijo, que me regala su fantasía y deseos de vivir al máximo en unas fechas en las que no creo, pero que disfruto solo cuando me disfrazo de él. Cuando no soy él, odio la Navidad. Respetadlo. Felices fiestas.


El tiempo pasa corriendo

 

El tiempo pasa volando. O mejor dicho, corriendo. Así como el que no quiere la cosa, ya hace casi siete años del día en el que me dio el venazo de salir a correr. Derroté a la pereza y salí a por todas en una calurosa mañana de julio de 2014.


Pues ya han pasado siete años. En este tiempo ya tengo en mi curriculum varios miles de kilómetros. También he quemado varias zapatillas de diferentes marcas. No olvido que he superado unas cuantas tendinitis e incluso el COVID. Aún tengo muy presentes mis tiritonas de algunos entrenos en pleno invierno, que contrastan con las deshidrataciones sufridas en verano. Y, qué decir, de las pájaras. Unas cuantas veces me ha venido a visitar por sorpresa el tío del Mazo. Nunca me acostumbraré a esa sensación de no poder dar un paso más.

He entrenado series de 200 metros, pero también he hecho rodajes de 30 kilómetros. Incluso ya llevo cuatro temporadas apuntado al ClubCorredores Leganés: un club de running, o mejor dicho, de amigos. Tengo más de 40 dorsales guardados de diferentes carreras. De los que guardo con más cariño están las de las 9 medias maratones que he corrido y, por supuesto, el de la maratón de Madrid de 2019.

Pero si tengo que destacar algo de todo, sería que he sido constante. Es más, he conocido realmente en primera persona lo que significa ser constante. Aún me queda mucho para serlo tanto como mi padre, que lleva siéndolo bastante más décadas que yo, pero ya le voy reduciendo distancias.

En estos años, ya ha pasado tiempo más que suficiente para sacar algunas conclusiones muy personales:

  •           Lo más duro de salir a correr son los 15 primeros metros. La distancia que hay entre mi sofá y la puerta de la calle. Si se superan, el resto está más o menos chupado.
  •          Lo siento por los que no estén de acuerdo, pero yo cuando salgo a correr, me canso y sufro. Eso sí, posteriormente, se traduce en satisfacción. Pero aseguro a todos los críticos que sería más feliz quedándome en casa tumbado viendo la tele.
  •          Salir a correr es reunirte contigo mismo. Es como ir un psicoanalista en el que el médico y el paciente eres tú mismo. Entre zancada y zancada pones en orden todos tus pensamientos con un aliciente, le das siempre un enfoque positivo y optimista.
  •         He conocido a muchos detractores que te dices con sorna que para qué hago distancias tan largas corriendo. Es curioso que tengamos que justificarnos los que respondemos y no tengan que justificarse los que hacen la pregunta. La respuesta la tengo clara: porque me da la gana.
  •         Soy más fuerte de lo que pensaba. Así es, he ganado en resistencia, en capacidad de sufrimiento. Pero también he ganado en capacidad de disfrutar de la felicidad. Porque estar bien contigo mismo está vinculado a la recompensa que sientes por el sacrificio asociado a superar nuevos retos.
  •          Ahora soy consciente de que siempre se puede ir un paso más allá porque llevo siete años dando pasos más allá. Incluso sin fuerzas. Incluso sin ganas.
  •           Voy a seguir saliendo a correr.  

 

No me voy a alargar ya más. Quiero acabar dando las gracias a ese Luismi que hace siete años se levantó del sofá. Lo hago cada vez que salgo a correr.

Opiniones de Redpiso

Puedo hablar en primera persona de las opiniones de Redpiso. Es la inmobiliaria en la que trabajo y de la que puedo informar de cómo se trabaja. Hay una palabra que usamos mucho y que me gustaría trasladar en este post: Transparencia. La mejor forma de crear opiniones positivas de Redpiso es informar con transparencia de lo que hacemos. Pero también la mejor forma de hacer cambiar las opiniones negativas de Redpiso es abriendo las puertas de nuestro método y sistema de trabajo.

Opiniones Redpiso

Hay sectores que da igual lo que hagan ya que son susceptibles a recibir continuas críticas: partidos políticos, empresas de telefonía e inmobiliarias son algunos ejemplos muy evidente. Siempre hay parte de razón y parte de sinrazón. La clave está en saber escuchar para convertir las opiniones en positivas.

Puedo garantizar que uno de los elementos básicos en la estrategia es la escucha. En la inmobiliaria en Madrid líder leemos con atención las opiniones de los clientes de Redpiso. Las opiniones positivas nos confirman que el camino andado es el correcto, dando ánimos para continuar mejorando. Las opiniones negativas de Redpiso son claras oportunidades de mejora que llevamos a cabo tras analizarlas una a una. Contactamos con los clientes interesándonos por su caso y trasladándolo a todos los actores implicados: oficinas, departamento jurídico, defensor del cliente.

La inmobiliaria es la primera interesada en que las opiniones de Redpiso sean lo mejor posible. Revisamos los piropos y quejas de los clientes de todas las oficinas. Actualmente, tenemos más de 1700 opiniones de clientes de Redpiso de las diferentes oficinas, con una valoración media de 4,1 estrellas sobre 5 en Google. Una valoración media de los clientes de Redpiso de la que presumirían muchas empresas, pero que a nosotros nos deja mal sabor de boca porque estamos convencidos de que nuestro servicio es mejor y así debemos ser capaces de transmitirlo.

De mayor quiero ser Melchor Palacios



Cuando a los niños le preguntan qué quieren ser, suelen responder con una profesión. Yo, sin embargo, siempre contestaba que quería ser una persona en concreto, que quería ser Melchor Palacios. 


Porque parecía muy sugerente el rodar anuncios que luego se veían en la tele. Pero lo que más me gustaba, era la pasión que transmitía cuando hablaba de su oficio. Cuando un día le comenté que quería dejar la carrera de empresariales para ser publicitario me preguntó: "¿Estás seguro?, es mejor trabajar en una mina". Pero yo estaba muy seguro.  A los pocos días me llamó para que le acompañara a mi primer rodaje: un anuncio de El Corte Inglés con modelos desnudas de cintura para arriba. Estaba claro que quería convencerme de abandonar la profesión.


El director de arte más grande de España (no lo digo yo, lo dice su palmarés) es además mi tío. Y compañero de trabajo. Y, sobre todo, mi amigo. Uno de esos pocos amigos que se cuentan con los dedos de una mano. Él era uno de esos dedos. Una de esas personas que me aconsejaban antes de que le preguntara. Porque me conocía solo con verme. Quizá porque me pareciera algo a él. No lo sé. Supongo que tampoco importa, pero a mí me consuela  mucho el saber que aunque sea un poquito, sí que me parezco a él.


Con él he aprendido a pensar antes de hacer las cosas. E incluso a respetar a los que hacen las cosas y luego piensan (la mayoría). He aprendido a reírme de mi trabajo y hasta de los problemas. Es lo que llaman "el humor negro de los Palacios".  No olvido el tiempo que pasamos juntos en La Estación. Con tu Rafita, tu Rufo, tu Rudi, tu Kike, con el Sueco, con cookie. Cada día era un spot lleno de anécdotas y con guión de Berlanga. Éramos una familia.


O lo que disfrutaba de las tertulias de mesa y mantel a las que siempre me invitabas como si fuera uno más.  Sé que nunca hice méritos profesionales para tener una silla al lado de El Flaco, El sueco, Soria, Roberto... Yo me limitaba a escuchar y a aprender. Fue y es un honor del que espero seguir formando parte.


Y los partidos de fútbol del Madrid con sus sobrinos y familia precedidos de cenas homenajes al colesterol:  migas, tocino, chorizo, morcilla y oreja.  Marianín, Chotín, Luisito, Sátiro, Raulillo, Pepilla, el hombre de Palo, la quinta del chupete y hasta El Patas seguro que no dejan de sonreír recordando alguna de estas escenas.


Joder, Melchor. No era tu hora. Me/nos has dejado tirado. Me quedo sin tío, sin compañero de trabajo, sin amigo, sin asesor laboral, sin inspiración, sin referente, sin compañero de mus, sin acompañante para el fútbol, sin chef, sin caricaturista, sin cuidador de Guga. Me quedo sin magia.

Si sé que no es tu culpa, pero cuando nos volvamos a ver te lo pienso echar en cara, no tengas la menor duda de eso. Primero te daré un abrazo y luego te echaré en cara lo rápido que te has ido. Y luego nos reiremos. Y luego pondremos algún mote a alguien. Y luego nos seguiremos riendo. Y ya no pararemos. 

GRACIAS.

El becario del running



Junto al gran Alberto Palacios, a la conclusión de la San Silvestre.

Hay artículos del blog que hay que crearlos sudando, con más de 120 pulsaciones y con la sensación de que te falta aire. Es decir, hay que escribirlos según llegas de hacer footing a casa. Porque la fatiga te obliga a ser sincero, a olvidar los recursos literarios que endulzan para bien o para mal el texto. Pues nada ahí voy. Preparado, listo, ya: 

 

Hace ya casi seis meses desde que un sábado me desperté y sin casi darme cuenta estaba en la calle, corriendo como un loco sin ningún tipo de planificación previa. A los cinco minutos, ya me estaba arrepintiendo de lo que pensaba que iba a ser otro intento kamikaze de ponerme en forma. Pero no. Para nada. Seis meses después sigo corriendo.

Nueva York

Si quieres realizar un viaje inolvidable, viaja a Nueva York. La ciudad de los rascacielos es una de las mejores inversiones que un turista puede hacer. Porque un viaje no se debe valorar por el precio. Se debe valorar por la nostalgia que sientes al recordarlo. 

Foto Nueva York
Vistas de la ciudad desde Top of the rock.

Nueva York es una ciudad universal en la que sólo está prohibido sentirse extraño. Desde el momento en el que tu vuelo toma tierra en el aeropuerto JFK eres un neoyorquino más. La mezcla de nacionalidades y razas es una constante. El único discriminado es el que discrimina.

Taobao, la tienda de China

como comprar en taobaoSi quieres comprar bueno, bonito y barato una de las mejores opciones es hacer una visita por Ebay o ir al chino de tu barrio. Pero, ¿has pensado en la posibilidad de unir ambas posibilidades en una sola? Entonces mira www.taobao.com

El primer día de footing

Hay mañanas que me levanto como un toro de fuerte. Me siento capaz de conquistar el mundo solo y sin ayuda. Mi mirada ruge. Y es entonces cuando decido que por fin ha llegado momento. Ahora sí que sí. Hoy es el día en el que mi vida va a dar un giro de 180 grados. Hoy es el día en el que voy a empezar a hacer footing. mi primer día de footing

Nadie me va a parar. No quiero que se me pase este buen feeling matinal. Por lo que raudo y veloz me visto con un pantalón corto y la primera camiseta que pillo y salgo de mi casa. Aquí surge la primera duda, porque.. cuándo empiezo a trotar. ¿Al salir del ascensor?¿Al salir del portal? ¿O al salir de la urbanización?

Si yo fuera Mariano Rajoy

Está claro que criticar es el deporte rey del país. Insultamos a los políticos sin piedad día sí y día también. Porque todos tenemos la solución a los problemas que nos golpean diariamente. Yo, no iba a ser menos.

http://www.lamoncloa.gob.es/gobierno/index.htm

Que conste que ser presidente del Gobierno es algo parecido a ser árbitro de fútbol. Y los ministros son como los jueces de línea. Siempre te van a criticar, aciertes o falles. Está muy claro que el que tenemos ahora se lo está ganando a pulso, pero me gustaría echarle una mano. - Mariano, ahí van algunas sugerencias para que quites a alguno de los ministros que te rodean:

Me he hecho mayor

¿Te has preguntado alguna vez cuando uno realmente se da cuenta de que ya es una persona mayor? Pues no es ni cuando cumples los 18, ni los 30, ni los 40. Tampoco es cuando te casas, o te salen canas, arrugas o pierdes pelo. Una persona es al 100% consciente de que es mayor la primera vez que alguien te pregunta algo… llamándote de usted.

reloj

En mi caso fue un crío. Un maldito crío de unos 10 años quien con una educación exquisita me paró por la calle para pedirme la hora llamándome de usted. Al mirar el reloj me di cuenta de que el minutero había avanzado varias décadas de golpe. Y ese golpe fue bastante duro, sobre todo por lo inesperado. Inesperado por encontrarme con uno de los pocos niños educados que aún quedan. Y, sobre todo, porque descubrí que ya no era ningún joven.


Luego llega el momento de la reflexión.  Me di cuenta de que había sido un ingenuo. Un ciego que no se percató antes de la realidad porque llevaba puesta una venda en los ojos con la que me sentía muy cómodo. Porque cómo no había podido ver que cuando hago deporte son contadas las ocasiones en la que no me retiro lesionado…O cómo cuando me acuesto alguna vez de madrugada tardo varios días en volver a ser yo mismo. Todo encajaba. Ya me había hecho mayor.

La braga roja de mi vecina

El “día a día” el es mejor guionista de anécdotas que conozco. Odia el color gris de la rutina. Siempre te sorprende cuando menos te lo esperas. Una fuente inagotable de ideas que no para de crear nuevas situaciones, algunas de ellas, sonrojantes para sus protagonistas.

braga roja

Cuando llego a mi casa después del trabajo no suele haber nadie. Aprovecho esa soledad para regalarme cinco minutos de relax sentado en mi sofá. Cinco minutos que me sirven para recargar pilas y organizar lo que llevo de día. Cinco minutos sagrados. Cinco minutos mágicos en los que desconecto por completo del mundo… y que se rompieron cuando sonó el timbre de mi casa.

Joder, quién será… si no espero a nadie”-  suspiré para mis adentros mientras tomaba la decisión hacerme el remolón y no abrir hasta que volvieran a llamar. Esa segunda llamada no tardó en repetirse, por lo que no tuve más remedio que ir a ver quién era. Eché un vistazo por la mirilla para ver si identificaba al personaje, pero ese minicatalejo está inventado por un tuerto, porque distorsiona las vistas y resulta imposible reconocer a nadie. En fin, que me tocó tirar de cuerdas vocales:

Soy un vecino rancio


Me autodefino con orgullo de ser un vecino rancio. Si puedo, evito contacto con la gente de mi urbanización. Con todos ellos. Sin excepciones. Y no digo yo no que no paguen con puntualidad la cuota de comunidad, o que no vayan a misa, o que no sean buenos tipos muy amigos de sus amigos. Lo reconozco, el problema soy yo.

Para un vecino solitario como yo, la peor noticia que te puedes encontrar es la notificación que te meten en el buzón avisando de una nueva reunión de la comunidad. Aunque son dos al año, uno tiene la sensación de que son más. Muchísimas más. Nada más comprarme el piso en el que vivo cometí un error imperdonable, ya que decidí asistir a una de ellas. Admito que más que picarme la curiosidad, fui porque se nombraban los nuevos cargos de la Comunidad. Y como no me fio ni un pelo, preferí evitar la novatada de que me eligieran por unanimidad como presidente.
reunion de vecinos
Mis reuniones de comunidad se celebran en el garaje. Entre coches y motos se toman decisiones vitales para la convivencia. Lo primero que saqué en claro es que lo realmente importante no es lo que dices, sino el tono con el que lo dices. Pues sí, un vecino se quejó con la misma voz y tono de Andrés Iniesta de que había personas que estaban rompiendo el mobiliario de la urbanización jugando al fútbol.  El respetable respondió con silencio. Pero otro vecino se ganó de calle a los asistentes cuando se quejó con el mismo tono de voz que Iñaki Gabilondo de la ausencia de la pegatina con la fecha de la revisión del ascensor. En fin…

La suerte de no saber qué es un ERE


Lo admito, hace cinco años no tenía ni idea de qué significaba las siglas ERE. Bendita y añorada  ignorancia... Sin embargo, ahora sé muy bien lo que es ya que los he vivido como trabajador, como familiar, como amigo y también como representante de los trabajadores. 

Viñeta de qué es un ERE
http://pasaramejorvida.blogspot.com.es/2009/04/sobrevivir-un-ere.html
Para qué engañarnos, si estás leyendo este post no es buena señal. Lo normal es que hayas accedido a través de alguna búsqueda en  Google. Y seguramente motivado porque estás viviendo y sintiendo en primera persona lo que es un ERE.

Todos sabemos más o menos lo que es un Expediente de Regulación de Empleo. Aunque mi intención no es definirlo como jurista, sino como persona. No soy nadie para dar consejos, aunque sí que me gustaría advertir sobre lo que se crea alrededor de las negociaciones entre los trabajadores y la empresa:

Rivalidad. Es muy duro saber que tu puesto de trabajo te lo vas a jugar con el compañero que tienes al lado. Sí, el mismo con el que te tomas el café todas las mañanas mientras te metes con tu jefe o con el que vas a jugar al pádel los sábados por la mañana. Un consejo, seguid metiéndoos con vuestro jefe y no dejéis de jugar al pádel.
Amistad. En las situaciones laborales más duras descubres qué compañeros se han convertido en amigos y cuáles no. Te sentirás respaldado por más compañeros de los que piensas, aunque también te llevarás alguna que otra decepción. La clave es apoyarse en quienes te apoyan.
Teatro. ¿Te imaginas que la empresa y el Comité de Empresa llegara a un acuerdo el primer día de la negociación? Por mi experiencia creo que sería posible reducir los tiempos, aunque la fase de regateo entre cuántos se van y cuántos se salvan no deja de ser una especia de obra de teatro en donde las personas que se sientan en la mesa de negociación se convierten en actores que interpretan lo mejor que pueden su papel. Es lo que se llama "liturgia de la negociación".
Angustias. El miedo a perder tu puesto de trabajo es el miedo a no poder afrontar los gastos que tienes. Piensas en tus hijos, en la hipoteca, en tus padres y se te viene el mundo encima. Es normal, lo raro sería no pensarlo.
Rumores. Los pasillos hacen más daño que la realidad. El ambiente se llena de chascarrillos muy dolorosos sin fundamentos. Evítalos y no los hagas caso. Y en caso de duda, pregunta a tus representantes.
Verdades y mentiras. Normalmente un ERE no suele ser el capricho de la empresa. Es una consecuencia de mala situación económica. La crisis hace estragos y nadie quiere seguir perdiendo dinero. Aunque claro, el español es pícaro por naturaleza y para obtener beneficio suele exagerarlo todo, cayendo en mentiras difícilmente justificables y creíbles.
Hipocresía. El primer hipócrita en un ERE suele ser uno mismo cuando piensa que más pierde la empresa si te despiden. El típico “ojalá sea yo uno de los afectados” lo suelen decir los que más miedo tienen a ser uno de ellos. Yo también lo he pensado alguna vez, aunque cuando lo analizas con frialdad te das cuenta de que no es la mejor forma de afrontar el ERE.
- La familia. El entorno familiar no entiende de regulaciones. Siempre tienen la palabra de ánimo que necesitas en el momento en el que más necesaria es escucharla. Entienden cómo te sientes porque te conocen a la perfección. No te cierres y permite que te apoyen. Seguro que tú harías o has hecho lo mismo.
Lágrimas. Despedirte de tus compañeros es muy duro. Da igual si eres tú el que te vas o si es el que se sienta a tu lado. Toda la tensión que has vivido la expulsas con el primer abrazo de despedida. Incluso te sientes culpable pensando en que quizá él haya hecho más méritos para continuar que tú. No te castigues, tú no eres el culpable.

El fin del mundo es una payasada


El 21 de diciembre de 2012 estaba señalado como la fecha del fin del mundo según el calendario maya. Varios siglos resignados a nuestra fatal suerte que quedaron relegados a un segundo plano gracias a Fofito, el payaso de la tele.


¿Cómo están ustedes? Actualmente, la pregunta que nos hacían a coro los payasos de la tele tiene respuesta, por ejemplo, en los trending topics de Twitter. Las redes sociales marcan más que nunca la temperatura de las opiniones de la gente. En un día tan señalado como el 21 de diciembre de 2012, resulta que la mayor preocupación de los españoles no era disfrutar de nuestras últimas horas de vida. No. No lo fue. La mayor preocupación fue criticar una campaña publicitaria de Campofrío con el bueno de Fofito de protagonista.



Porque España es así. En vez de destacar una buena idea creativa desarrollada en un spot al más puro estilo de Luis García Berlanga, le damos la vuelta a la tortilla y luchamos contra la ingenua resignación de Fofito. ¿La moraleja? Los usuarios no quieren ser payasos. Quieren buscar la sonrisa de la gente dando soluciones eficientes y modernas. Quieren ser felices, pero no resignados.

El verdadero fin del mundo llegará el día en el que no nos emocionemos viendo lo mal que lo pasa el vecino que se ha quedado sin trabajo. O cuando veamos como normal una familia desahuciada de su casa porque no puede pagarla queriendo pagarla. O si apoyáramos que la educación y la sanidad no son un derecho de todos. 

El fin del mundo llegará cuando dejemos de sufrir por el que sufre. Y lo siento por los astrólogos mayas, pero aún veo muy lejano ese día

Más populares que Jesucristo



the beatles

"More Popular than Jesus" ("Somos más famosos que Jesucristo"). Esta frase que lanzó al aire John Lennon en 1966 como el que no quiere la cosa supuso un antes y un después en la carrera musical del conjunto de Liverpool. Los chicos se convirtieron en el blanco de las iras de una sociedad aún muy conservadora. Una sociedad aún muy lejana a aceptar la demoledora realidad de la analítica Web.


Pues sí. A falta de unos pocos días para que termine el mundo, Google Keyword Tool da la razón a Lennon. De hecho, se podría decir que incluso pecó de modesto porque, actualmente, la frase sería “Los Beatles son mucho más famosos que Jesucristo y John Lennon igual que él”.

Por muy duro que pueda parecer, los estribillos de letra fácil del cuarteto de Liverpool enganchan en la Red más que los versículos bíblicos. El número de usuarios que busca mensualmente a The Beatles en Internet (7.480.000) triplica al que busca a Jesucristo. (2.740.000). En este particular ránking de búsquedas, Jonh Lennon le iguala en el segundo puesto con el mismo número de búsquedas. Detrás de ellos quedan Paul McCnartney (1.830.000), George Harrison (673.000) y Ringo Starr (301.000).

Aún le queda mucho camino por recorrer a la Iglesia. Su discurso rancio, su iconografía desfasada y sus innumerables escándalos le alejan de la gente y de la nueva sociedad 2.0. No lo van a lograr por el hecho de que Benedicto XVI tenga cuenta de Twitter con cerca de medio millón de seguidores. Quizá debieran recurrir a las estrategias de comunicación de Rihana (27 millones de followers) o incluso a Bisbal (4.500.000 seguidores) para llegar a los internautas. Queda mucho para tener una Iglesia 2.0

Las temidas reuniones de parejas


Reuniones de parejas

Sé que una vez que se publique este post es muy posible que duerma unos días en el sofá. Pero lo asumo porque es cómodo y porque creo que es necesario que hable de las reuniones de amigos en la que los chicos vamos con nuestras parejas.  Estos encuentros suelen ser entretenidos y divertidos. Pero también muy peligrosos porque los hombres quedamos expuestos. Quedamos indefensos ante ellas, ante nuestras mujeres.



Cuando se organiza una de estas reuniones ellas no se alegran porque se vayan a ver. Para nada. Ellas realmente se alegran porque van a tener la oportunidad de criticarnos. Están entregadas a exponer lo peor de nosotros sin ningún tipo de censura. Afinadas lenguas femeninas dispuestas a desempolvar y regalarnos los adjetivos calificativos más rebuscados del diccionario.

El problema es que en el fondo las mujeres llevan razón cuando nos definen como simples. Tropezamos siempre en la misma piedra porque nos relajamos. Nuestras defensas y precauciones se rompen en cuanto damos el primer abrazo al primer amigo que saludamos. Y no será porque no lo sepamos... pero a nosotros solamente nos gusta vernos para pasar un buen rato entre amigos sin ningún tipo de doble intención.

Después de los saludos se produce la selección natural. Los chicos con los chicos y las chicas con las chicas. Aunque cuando entras al coche para volver a tu casa es siempre lo primero que nos echan en cara, ellas son las primeras que buscan excluirnos para poder hablar sin tapujos. Da igual la longitud del trayecto o el ritmo al que se ande, los chicos vamos siempre delante mientras que ellas van detrás. Si vamos despacio, ellas van aún más despacio. Si paras para esperarlas, no sé cómo lo hacen pero desaparecen. Luego, tampoco sé cómo, reaparecen cuando reanudas la marcha.

Lo mismo ocurre cuando te sientas en la mesa del restaurante. A un lado, los hombres. Al otro lado, las mujeres. Tengo que reconocer que mientras nosotros hablamos de nuestras cosas con un tono de voz cada vez más elevado, ellas, para que no se note que nos están criticando, se ponen a cuchichear. Un camuflaje tan clásico como efectivo que nos impide saber por dónde andan las críticas del día.

Y si decides terminar la noche en un pub, la separación es aún más evidente. Los chicos hacen corrillo en un lado, y las chicas a otro. Es curioso, porque mientras que los machos no hablamos de ellas en toda la noche, las hembras no paran de mencionarnos. Y en el pub es en el sitio en el que se hace todo más evidente porque todas sus miradas se enfocan unidireccionalmente hacia el chico del grupo al que estén despedazando. Y lo peor de todo, es que lo hacen riéndose.

El único momento en el que la reunión se hace mixta es en las despedidas. Hay que reconocer que son ellas las que se acercan a nosotros. Pero lo hacen porque las interesa. Porque quieren jugar al despiste. Y es que cuando tu chica se acerca a ti con cara de cabreada y crees que te va a caer una reprimenda, de repente va y te dice delante de todos que te quiere mucho a la vez que te dan un beso de tornillo que te deja sin oxígeno, pero que se ve interrumpido por el muy temido resumen final. Una detrás de otra empieza a confesar qué ha contado a las amigas en la cita, enumerando públicamente todos los fallos y errores cometidos por su pareja casi desde el primer día de relación. Joder, qué memoria tienen…

Finalmente, por arte de magia, las aguas vuelven a su cauce y las parejas se despiden felizmente cogidas de la mano buscando una nueva fecha para volver a quedar.

Un día en la playa

Me encanta la playa. No puedo pasar un verano sin pisarla. Todos son ventajas, ninguna fisura en los planes que la tengan por protagonista. ¿Exagerado? Para nada.


Para comenzar, el estrés del despertador lo sustituyes por un sudor pegajoso del que no hay forma de desprenderse. Da igual lo hora que sea o la temperatura que haga. Una fina capa de un dedo de grosor forma parte de tu piel durante los días que duren tus vacaciones playeras.

También da igual lo mucho que madrugues para pillar un buen sitio en el anfiteatro playero. Siempre hay alguien que se despierta antes que tú. Lo peor no es que ya estén ocupando un lugar privilegiado. No, no es eso. Lo peor es ver su cara de felicidad y satisfacción. Creo que ellos no madrugan para coger el mejor sitio, lo hacen para que no lo pilles tú.

Pero no pasa nada. Si no hay primera o segunda línea, se pone la sombrilla un poco más atrás. Cedes visión por la tranquilidad de un sitio más espacioso y relajado en el que colocar la sombrilla es el primer paso. A mí me cuesta horrores colocarla como dios manda. Desde hace unos años optamos por una especia de sacacorchos invertido que te hace el agujero y te mete el pincho que sujeta la sombrilla. Y todo muy bien... hasta que la abres. Es imposible que mantenga la vertical. Si no se va a la derecha, se va a la izquierda. Si no se cae hacia atrás, se cae hacia adelante. Una torre de Pisa con forma de paraguas.

Una vez colocada, te sientas. Cierras los ojos buscando relax. Respiras pausadamente. Y cuando estás cerca de conseguir la ansiada paz espiritual escuchas un intermitente “toc-toc-toc”. Las sospechas se hacen realidad. Unos niños se han puesto a jugar a las palas justo detrás de ti. Y lo peor de todo, carecen de técnica alguna. Instintivamente miras el letrero en el que se especifica que está prohibido jugar y molestar a los bañistas. Claro, que también está prohibido emitir facturas sin IVA... Después de un par de bolas que te pasan rozando y que tienes que devolver decides que la mejor forma de ahogar penas es darte un baño.

Tras esquivar unas cuantas toallas, sombrillas, castillos de arena, sillas y sonrisas de los madrugadores por fin tocas el agua. Ojo, que es importante la forma en la que te zambulles. Puedes optar por coger carrerilla y lanzarte en plancha. O por un método pausado, dejando que las olas acompasen el baño. También hay una tercera vía, que los palistas decidan jugar el último set en el mar. Cuando esto ocurre, la pelota se les escapa y cae justo delante de tu ombligo. Es increíble que una pelota del tamaño que una de tenis te empape, pero la física marina es así.

No hay que darle más vueltas, es el momento de sumergirse y bucear. Pero aquí el problema es que también hay que elegir. La opción A es abrir los ojos debajo del agua abrasándotelos por la sal. O la opción B, no abrirlos y chocarte contra los de las palas, que, además, te echan la bronca por molestarles. Yo prefiero ir con los ojos abiertos, porque cuando te recuperas de la ceguera temporal salina puedes observar como flotan unas atractivas bolsas de plástico que no resultan ser lo que parecen: medusas que se lo pasan pirata jugando con los bañistas. Como si fueran simpáticos delfines, se acercan a tocarte produciendo unos sarpullidos que se convertirán en parte de tus recuerdos veraniegos.

Entre tanto trajín, es normal que te entren ganas de hacer pis. Aquí no hay problemas con la leyenda urbana del líquido rojo en el que se convierte el pipi en las piscinas. Tampoco hay remordimientos ni conciencia. No hay que olvidar que único requisito es que el agua te llegue por encima de la cintura para que no se note demasiado. Por instantes, el mar se convierte en un mini spa, agua con contrastes de temperatura.

Y por fin sales del agua. Hay que quedarse unos segundos secándose en la orilla y posando como si estuvieras en un estudio fotográfica. No sirve absolutamente para nada pero es una tradición muy española que no hay que perder. Después de sortear toallas, sombrillas, castillos de arena, sillas y sonrisas de los madrugadores por fin llegas a tu sitio. Y otra bronca. Con la sombrilla en el suelo, tu vecino playero te informa que en una ráfaga de viento ha salido volando y que ha sido un milagro que no haya matado a los niños que estaban jugando a las palas. En fin...ya es demasiado por hoy y decides terminar tu mañana playera. Pero no hay que relajarse. Aún queda lo peor.

Los 300 metros que separan la playa del apartamento son infinitos. Lo que en condiciones normales tardarías unos tres minutos en recorrerlos, en condiciones playeras parecen tres décadas. Un infierno abrasador que no parece terminar nunca. El cuerpo te pica por el efecto de la sal. La camiseta se te pega al cuerpo. Las gafas de sol se resbalan de tu nariz resbaladiza por el sudor. Se te rompe una tira de la chancla. La gorra se vuela en una nueva ráfaga de aire. Y encima, te suena el móvil y tienes que dejar todo en el suelo para contestar al operador que te ofrece una nueva tarifa de ADSL.

Cuando por fin llegas al apartamento, te sientes un superviviente. Un auténtico héroe que ha logrado superar un día en la playa. Un aventurero que no se arruga y que al día siguiente querrá más. Mucho más.

Vamos a contar mentiras tralará.


politicos mentirosos

Estoy cansado de los políticos hasta decir basta. Son todos iguales.  Da igual el partido, el talante, la dirección de la raya del pelo o los empastes que tengan. Todos son iguales.


El objetivo de todos ellos es llegar a ser políticos. Se vive muy bien con esa profesión. Yo les quitaría los espejos para que no se gusten tanto. Buen sueldo, mesa sin reserva en cualquier restaurante, amigos dándote palmaditas en la espalda, entradas gratis en los palcos de fútbol para ver los partidos de Champions. Pero sobre todo, poder para hacer y deshacer, para decir y desdecir, para mirar o para cerrar los ojos.

Veo dos problemas comunes a todos ellos que destacan sobre el resto. Dos verdades como los puños de Muhammad Ali que cada vez son más evidentes y que nos están haciendo mucho daño porque, además, es la imagen que transmitimos al exterior. Una imagen casposa que es un fiel reflejo de nuestra clase política:

-        1.   Mienten más que hablan. En mi casa de pequeño me caían broncas gigantescas cada vez que engañaba. Porque mentir es engañar. Mis padres me exigían pedir perdón y a asumir el castigo que me imponían con resignación cristiana. Las penas que me imponían me servían para reflexionar y para darme cuenta que con la verdad se llega más lejos. Algo más lento, pero mucho más lejos. Además, me obligaban a pensar las palabras antes de hablarlas. La consecuencia es que me di cuenta de que el pensar que iba a ocurrir algo no era suficiente como para darlo como certeza. Aquí los políticos te prometen pleno empleo con alegría. Otros que no habrá recortes sociales. Algunos que no habrá copago. O que no subirá el IVA. Pero da igual si no se cumple, tienen cuatro años de margen como mínimo hasta que el poder de las urnas les frenen.  ¿No se les cae la cara de vergüenza cuando toman alguna de estas medidas y luego se ven en los vídeos defendiendo a ultranza justo todo lo contrario? ¿No piensan en dimitir? ¿No tienen el más mínimo sentimiento de culpa? Ya contesto yo. La respuesta es NO.



-         2. Piensan que somos tontos. Y además, tontos del culo. De verdad que no encuentro otro motivo que justifique los discursos políticos que nos regalan. Son insultos al sentido común. Se las ingenian para buscar eufemismos que maquillen una realidad que sufrimos todos. El Gobierno vende mentiras a la vez que la oposición regala falsas ilusiones. Por fortuna o desgracia, a los bolsillos no se les engaña. Si hay poco, ahora hay menos. Y si no hay, pues no hay. Los discursos de traje y corbata son lamentables y tienen como único fin el que ellos parezcan los buenos y que, encima, tengamos que agradecerles su labor.



Pues si unimos los dos problemas nos sale la fómula que utilizan con nosotros:  nos mienten más que hablan porque piensan que somos tontos. Menos mal que nos queda la Casa Real

Uno para todos y todos para uno.


“Uno para todos y todos para uno”. Seguro que Alejandro Dumas jamás pensó que el famoso grito de los mosqueteros se fuera a convertir en el resumen perfecto de lo que es la globalización que estamos viviendo.

Un fenómeno mundial que no pide permiso a la gente para influirles. Somos víctimas inocentes del mismo. Desde los más pequeños de la casa, hasta los más mayores. Desde las profesiones más ilustradas, a los oficios con más tradición. Porque todos formamos parte de la globalización a la vez que generamos esa misma globalización.

Uno de los errores más comunes es plantearte la globalización con los valores educativos con los que fue formada mi generación. El pupitre, pizarra, cuaderno, deberes y fuentes de información han variado y se han ampliado de una forma tan grande que si metiéramos a un niño actual en un aula de hace 25 años apenas reconocería el entorno salvo por un detalle: las personas. Ahora, las fronteras no las marcan las líneas de los mapas que separaban los países. Ahora la marca la velocidad de la ADSL de tu conexión con la que accedes a Internet. Un buffet libre de contenido ante el que no debemos sorprendernos, debemos verlo con los mismos ojos de los niños de hoy en día.

En mi opinión, la mayor virtud de la globalización es la facilidad que tienes para formar parte de lo que quieras de la forma que más te apetezca. Puedes saber lo que sucede en Japón a tiempo real a la vez que visualizas un terreno que te quieres comprar en el pueblo de la madre de tu esposa. O puedes estar viendo a tu primo de China en una videoconferencia mientras te descargas el último éxito de tu grupo favorito (pagando, claro). Los límites los marca la propia legislación de cada país y, sobre todo, la moral de cada persona.

Pero no todo son ventajas. De hecho, en paralelo se está produciendo otro fenómeno como consecuencia de la globalización: la deshumanización. El contacto entre las personas cada vez es más prescindible. Ya no nos necesitamos. El clic del ratón sustituye a las palabras. Los emails están terminando con las cartas y SMS reducen el número de veces que descuelgas para hablar con tu familia, amigos... Ya no necesitamos movernos de casa para hacer prácticamente nada. El problema es que resulta tan cómodo adaptarse a esta nueva filosofía de vida que los que nos resistimos quedamos clasificados como carcas o nostálgicos de un pasado que no volverá.

En mi opinión, el segundo gran problema que genera la globalización es la pérdida de identidad. Las minorías quedan aplastadas por el peso de las mayorías. Las modas se imponen tan rápido como se pierden las costumbres y hábitos propios.
Y aquí estoy yo, quejándome de la globalización en un blog...

La generación "no-no"

generacino no-no


Ya tenemos cinco millones de parados entre lo que se incluye un cuarenta por ciento de desempleados entre los más jóvenes.Los brotes verdes no pasan de ser eso, brotes. Los partidos políticos lo hacen tan bien que han pasado a convertirse en una de las mayores preocupaciones de los ciudadanos. Problemas, problemas y más problemas. Pero por encima de todos destaca el pesimismo de las nuevas generaciones.

Debemos mirarnos el ombligo y hacer un poco de reflexión y autocrítica. Hay un obstáculo grande que es nuestra negativa permanente a aceptar nuevas ideas y soluciones. El tema está claro, si seguimos igual la situación no cambiará. Pero algo grave ocurre en esta nueva hornada que sólo sabemos decir “no”. Hemos invertido el orden lógico de la lógica. Primero decimos “no” y luego escuchamos:

- ¿Trabajar por productividad?

–No.

- ¿Resignarse a aumentos salariales equivalentes al IPC?

- No.

- Entonces…

- No.

- Y si…

- No, que te he dicho que no.

- Pero si aún no te he propuesto nada.

- Que no, seguro que salgo perdiendo.

La desconfianza es muy mala. Compararte con el que tienes al lado para criticar lo que tú no tienes se llama envidia. Hay que observar qué hace y cómo lo hace para obtener sus mismos resultados. Al final son siempre los mismos los que alcanzan metas. Los que se quedan detrás pierden el tiempo lamentándose en vez de invertirlo en cambiar su forma de hacer las cosas.

Ahora que viene un año de elecciones, tanto municipales como nacionales, espero que en vez de criticar, se propongan soluciones para la crisis. Que en vez de señalar al que lo ha hecho mal, se busque al que lo ha hecho bien. Que se cambie la mentalidad de una nueva generación “no-no” para que vean siempre el vaso medio lleno. Yo daré mi voto al partido que me regale dos letras en su slogan de campaña: “SÍ”.